NIÑOS DE LA CALLE

El reciente y doloroso accidente ocurrido en el emporio comercial de Gamarra —donde un niño de apenas dos años perdió la vida al ser atropellado por un camión de transporte de valores— no es solo una tragedia puntual. Es, más bien, un cocacho a la conciencia colectiva. Un hecho que vuelve visible una realidad cotidiana que preferimos mirar de reojo: la de los niños que crecen en la calle, cobijados por el ruido del comercio y expuestos a su intemperie moral.

En todo el Perú, desde la ciudad más bulliciosa hasta el pueblo más pequeño, hay hombres y mujeres que viven para el negocio. Comerciantes formales e informales cuya jornada no conoce horarios ni domingos. Muchos comen donde venden, descansan donde cobran y duermen donde guardan la mercadería. Practican una austeridad casi monástica y una fe absoluta en la reinversión. No es reprochable. Es, en muchos casos, una épica silenciosa: la del esfuerzo cotidiano y la esperanza puesta en el mañana.

El conflicto comienza cuando ese modo de vida deja a los hijos en una zona gris, la tierra de nadie. Las necesidades básicas suelen estar cubiertas; la matrícula escolar, en regla. Pero fuera del aula, la calle se convierte en su verdadero hogar: veredas congestionadas, mercados atestados, bocinas impacientes, conductores apresurados, vehículos viejos y peligrosos. La calle funciona entonces como guardería improvisada, escuela paralela y escenario temprano de aprendizaje social.

A esta realidad se suma otra, más incómoda de nombrar: muchos niños no solo acompañan a sus padres, sino que trabajan con ellos. Enseñar el valor del esfuerzo, permitir una colaboración moderada y acorde a la edad, no es en sí mismo un error. El trabajo, cuando es breve y orientado, puede formar carácter y responsabilidad.

Pero esa frontera se cruza con una facilidad alarmante. Ocurre cuando el niño deja de ayudar y pasa a sostener el puesto. Cuando cumple largas jornadas, de pie o sentado en un puesto del mercado o en la vereda, frente a un plástico extendido en el suelo donde se exhibe la mercadería. Cuando el sol, el frío, el tedio y el peligro se vuelven rutina. En ese punto, el trabajo deja de educar y comienza a desgastar. Ya no forma: consume.

Las consecuencias no son inmediatas, pero sí profundas. El niño aprende pronto una lección torcida: que vale por lo que produce, no por lo que es. Se le arrebata el tiempo del juego, del asombro, de la conversación sin prisa. Y la infancia, una vez erosionada, no se recompone. Más adelante, ese desgaste temprano suele traducirse en abandono escolar, frustración silenciosa o una adultez endurecida, donde la vida se percibe únicamente como lucha.

La calle, además, no solo implica riesgos físicos. Es también un aula moral sin maestro. Allí conviven ejemplos nobles y ejemplos nefastos. Allí se observa, se imita y se normaliza.

Muchos niños interiorizan demasiado pronto la idea de que el dinero es la medida de todas las cosas, el fin que justifica cualquier medio. En ese terreno fértil, las redes delictivas encuentran candidatos dóciles: jóvenes reemplazables, descartables, fácilmente moldeables.

A este escenario se suma un riesgo menos visible, pero no menos corrosivo: el alcoholismo social. La naturalización del consumo de alcohol como forma de descanso, celebración o evasión se filtra en la mirada de los niños. Lo observan al cierre de la jornada, en reuniones improvisadas, en la repetición cotidiana que ya no se cuestiona. Así, el exceso se trivializa y la evasión se confunde con alivio. No es una influencia estridente ni inmediata, pero sí persistente, y suele dejar huellas que afloran con los años.

Otros —la mayoría— aspiran simplemente a seguir los pasos de sus padres y convertirse en comerciantes. No hay nada indigno en ello. El comercio ha sido, es y seguirá siendo columna vertebral de nuestra sociedad. Sin embargo, entre esos niños hay talentos evidentes, inteligencias despiertas, capacidades que podrían desarrollarse plenamente si contaran con tiempo, orientación y presencia adulta. Cuando eso no ocurre, la pérdida no es solo individual: es colectiva.

Existen, por supuesto, excepciones notables: personas que, pese a crecer entre puestos y veredas, logran convertirse en profesionales brillantes. Son historias admirables, pero también reveladoras, porque confirman que el potencial siempre estuvo ahí, aunque no haya existido un sistema dispuesto a cuidarlo.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué instituciones del Estado observan de manera sistemática esta realidad?, ¿qué políticas públicas protegen a estos niños que no viven en abandono formal, pero sí en una vulnerabilidad cotidiana, normalizada y silenciosa?

En un contexto de campaña electoral, este debería ser un tema central. No como consigna ni como recurso emotivo, sino como compromiso serio: buscar soluciones creativas, no solo guarderías accesibles en zonas comerciales, espacios seguros, programas de acompañamiento familiar, una educación integral que no termine cuando suena la campana.

Proteger la infancia no significa aislarla del esfuerzo ni negarle el valor del trabajo, sino impedir que ese trabajo la desgaste antes de tiempo. Un país no se mide solo por lo que vende ni por lo que recauda, sino por la manera en que deja crecer a sus niños.

Porque cuando una sociedad permite que sus hijos aprendan antes a contar monedas que a soñar, algo esencial se quiebra en silencio. Y ese quiebre no suena como un estruendo: cruje despacio, como una madera vieja bajo demasiada carga.

Ningún negocio, por legítimo que sea, debería levantarse sobre una niñez cansada. Ninguna ciudad debería acostumbrarse a ver niños dormidos junto a la mercadería, como si fueran parte del inventario.

Allí donde un niño debería jugar, estudiar o imaginar el futuro, hoy a veces solo hay una vereda, un plástico extendido y un día que se repite. Y un país que normaliza esa escena no está construyendo progreso: está hipotecando su porvenir, ladrillo a ladrillo, moneda a moneda, infancia a infancia.

Entradas relacionadas

TRADICIONES, AFECTOS Y EL AMOR QUE NO OBLIGA

HABLANDO DE PERROS Y CANDIDATOS

LA VIOLENCIA QUE CALLAMOS

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Suponemos que está de acuerdo, pero puede darse de baja si lo desea. Seguir leyendo